lunes, 23 de abril de 2018

El fin del germen


“Hijos de la Bonanza”, nos llamaban;
los que no conocieron ni la hambruna
ni las agudas larvas de estridencia
chillando en el oído por las bombas.
Ben Clark, Los hijos de los hijos de la ira 



Llueve en Madrid. Llueve desde finales del Veinte.
Llueve para que los paraguas se aglutinen
en las palmas del anciano
en los puños de mis padres,
contra los cuellos más blancos.
Mientras, los nonatos mueren
al fondo de los pantanos.

Somos vuestros hijos, los buenos:
concebidos a pleno color
sobre alfombras suecas y parqué.
Fuimos vendidos, aún semen,
a buenas universidades:
apenas pudimos dar gracias
por llegar tarde al Paraíso.

¿Dónde nos habéis condenado?
Los flexos de escritorio
lo van calcinando todo.
Guardasteis leña a cambio
de atrasar vuestras cruzadas.
La semilla arderá con vosotros.
Perdimos Canaán antes del anuncio:
no sabemos pertenecer.

Y tú, ¿lo escuchas?
Las ruedas de las ambulancias
han arrasado los charcos.
Ni una bomba nos ampara.
Solo podemos mirar.

jueves, 8 de febrero de 2018

Decálogo: borrador

Escribo. Más que un catálogo: un decálogo, un conjunto de normas sin rima ni mantras. Órdenes.
Abre los ojos. Estírate. Suena un hombro, crack: el otro.
Verbalizar el proceso de creación: obra, prozac, difunde. Evitar las zonas verdes, renegar de los grises si la metáfora hila el adoquín. No conocer la diferencia entre el páramo, prado y cañada. Twittear sobre la búsqueda del origen. Lavarse las manos después de tocar la tierra.
Tira de la cadena. Entra en la ducha, descuelga la alcachofa, llora.
No tener hijos. No estirar el útero en depresión y carga, no dar el tiempo que las carencias limitan. Imitar en tanto y cuanto el colectivo permita. Repetir: irresponsabilidad, ansiedad, muerte. Perpetuar la pena: el llanto intermitente también es conformismo.
Bragas, sujetador -click-, desodorante. Espejo.
No hablar. Esperar pequeña, recluida, virgen. Esbozar referencias con posibilidad de tránsito. Evitar los espacios comunes. Renegar del bambú. Reeducar en los síntomas.
Cerámica. Tostadas. Aceite, sal. Café sin azúcar.
No rechazar la condescendencia, no ceder al cariño. Responder al amor con violencia. Quemar los ojos, el morro, las citas. Arder en vigilia; rechazar las cenizas. Hurgar. Carecer y opinar, culpar. Conocer lo obvio y repetirlo. Generar angustia, dependencia, personajes. Mantener los hilos tirantes. Adorar. Obviar la fe.
Tinte. Cremalleras, ruedas. Manchas de grasa en la pechera.
Evitar la prosa, conglomerar el narcisismo, reconocer y esconder. Buscar recetas, aceptación, eco. Visibilizar sólo para demostrar la capacidad de hacerlo. Bloquear. Hacer balance en los picos bajos del registro.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Sobre los pijamas de franela

El duelo nunca ha importado más que los cimientos
luego mencionaste el hogar y las llamitas
                que arrasan los montes gallegos.
Ahí tomamos conciencia de lo fácil y casual
que es dejar de ser:
trabajo,
               mediocridad, 
                                        cáncer,
lo divertido de especular con un terreno que mis óvulos conocieron verde
que el yo-hija pisa
que el yo-madre narrará
que el yo-herencia miró con cuencas de ancestro.

Pisáis el cuarzo que ha dado forma a la violencia:
adoración, la ladera en que venimos a despeñarnos
cuando el aire es demasiado caliente.
Hoy ha prendido el lagrimal,
ese primer chupetón
y mis dientes de leche,
aunque mi casa de parafina juzgue
lejos,
alta,
en pie.


lunes, 23 de octubre de 2017

Rastrojos



Preguntas de dónde vengo
aquí                                    -ahora, nunca-
como si la respuesta fuese fin y no emulsión
como si pudiese negar con cada uña
una verdad que entre estas vallas siento barrio:
que el hogar es algo relativo y depende de las sábanas
que esta tierra permite la agonía de sus plantas, del mar
y el calor de las hogueras en que me arden las raíces
si mi pueblo llora,
si exige a gritos invierno.

Te acercas mientras veo hablar a otros
y reconozco que no entiendo los contornos del abecedario
ni el sentido de un cielo uniforme
ni la mugre que recubre cada sima hasta tu cuello
y acerca los reflejos más traumáticos:
la indecisión no repele los hilos rojos
de todos los ovarios inmaduros.

Quédate ahí, mejor,
un pie delante del otro.

Quédate ahí, mira y ríe.

Retrocede.



Este texto aparece en Contraseña Pez Espada,
blog multidisciplinario en el que participo,
a partir de una palabra asignada aleatoriamente,
el día 23 de cada mes.