jueves, 26 de julio de 2012

Suposiciones.


Paredes de color canela. Mármoles en los que, al mirar hacia abajo, casi podrías verte reflejado. Techos en madera, formando bobedas cuya funcion no es otra si no formar el eco de la musica que suena en ese instante en el reproductor de la habitacion de al lado.
Estanterias, llenas de libros, cuyo frágil equilibrio da la sensación de que quizás, al rozarlo, pueda caer y fracturarse en mil pedazos. Una television, pequeña, negra, con una pelicula que parece no querer pasar de la primera escena.
Y, tumbada boca arriba, una mujer. Los ojos y las manos cerradas, en una extraña sensación de paz ininterrumpida.
Sin más acompañamiento que el tictac del reloj de pared, progresivamente empieza a tensarse. Tiembla, y boquea. Cada vez mas fuerte.
Los ojos se abren con expresión de terror, formando en su cara un gesto de espanto. Se queda así, inmóvil y rígida, unos segundos hasta que, sin previo aviso, exhala su ultimo aliento y baja los parpados de golpe, dejando asi su cuerpo libre de alma.
No hay nadie cerca para llorarla. El único sonido de la casa procede de la habitación de al lado, donde una canción sigue sonando.
En la mano derecha de la mujer, una alianza. Imposible leer la inscripcion que reza, pues parece haber sido arañado,o haber sufrido numerosos intentos de rotura.
Reflejandose, desde la mesilla,  un frasco.
Quizás haga una o dos horas desde la ingesta de su contenido.
Puede que ese sea el problema. Tal vez la separación, la lejania de sus hijos, la pérdida de su vida tal como la conocía haya sido demasiado fuerte como para soportar su propia existencia.



Y pese a eso, de lo único de lo que se lamentaba la mujer desde que entró en esa casa era de no tener a mano un chupito de tequila.
O, por qué no, la botella entera.


-María. Cualquier parecido con el primer capítulo de Sherlock es mera coincidencia.