viernes, 25 de octubre de 2013

Como dos secantes.

Tic, toc, tic, toc, tic, toc, tic, toc.
¡DING, DING, DING, DING...!
 Y pasa que de repente a medianoche (dejo quince minutos como margen de error), te quiero. Te quiero muchísimo. A lo largo del día ni me acuerdo de ti, pero pía el cuco doce veces y parece que volvieses de entre los muertos. En ese momento te necesito tanto que juro que no lo soporto. Y ahí es donde te odio. Te odio porque tú ya me has olvidado. Te odio porque te soy indiferente (por mucho que lo niegues, ambos sabemos que siempre lo he sido). Te odio porque no lo he pasado bien. Te odio porque no tengo porqué extrañarte, y sin embargo aquí me ves, cada dos por tres, mirando y preguntando, y preguntando y mirando, y bueno, ignorando el hecho de que esto nos da igual a los dos. Nuestras vidas (la tuya, la mía, la de quien me ha aguantado y la de los libros que he tirado contra la alfombra, cabreada, porque no podía continuar leyendo sin acordarme de ti) van a seguir en la misma recta*, por muy cierto que sea esto.
No es lo mismo, porque tú me faltas, y yo te soy tan irrelevante como el autobús que acaba de pasar por la marquesina en la que esperas todos los viernes a estas horas, pero que no has cogido porque lleva a Conde de Casal y bueno, eso a ti no te interesa. En realidad, ¿a dónde vas?
Como vas a saberlo, si nunca has sabido distinguir entre derecha e izquierda. Si no sabias leer las horas en un reloj analógico. Si sacabas el móvil para mirar la hora, lo desbloqueabas, te lo metías en el bolsillo y era entonces cuando te dabas cuenta de que seguías sin saber qué hora era (y venga, vuelta a empezar). Si escuchabas Linkin Park (hasta con Steve Aoki, y mira que es mala la canción) como si te fuese la vida en ello. Si, si, si...esas manías que antes me encantaban ahora me desquician. Quiero pedir perdón si en algún momento te han pitado los oídos (es bastante posible que haya despotricado todo lo despotricable contra ti), pero espero que entiendas esto. Porque es un adios, definitivo. Prefiero quedarme con lo que fuimos y arrepentirme después de no haber luchado por lo que pudimos ser, a la otra alternativa. Sea la que sea.

*Me gusta pensar en nosotros como dos lineas rectas secantes.Estábamos lejos, y nos acercamos, y nos unimos tanto que no era normal. Y ahora nos alejamos, poco a poco, pero cada vez más.
     
P.D. Gracias por los rincones que nadie más conoce.


-María, por todo lo callado en el tiempo que pasamos avanzando codo con codo.

martes, 1 de octubre de 2013

Cuando menos te lo esperes (octubre y lo que nos quedaría por vivir).

Será cuando menos te lo esperes. Un día de un octubre cualquiera, nos vamos a dedicar a romper la vajilla buena contra la pared de la cocina de tus padres. Y ellos no estarán, porque habrán ido a ver un musical, ya no recuerdo cual, para celebrar su aniversario. Veinte años de casados, y los que les quedan por discutir.
Y ese día pero a otra hora probaremos los baños de espuma. Pero los de verdad, ya sabes, con esas sales de colores que compraba tu abuela y huelen a limón. Y llenaremos la bañera hasta los topes (ya que en mi casa no podemos porque mi padre ha reformado el baño y ha puesto ducha, y es imposible hacer algo más que sentarnos en el taburete y esperar a que el agua se caliente), y cuando el baño entero huela como una macedonia de frutas será cuando meta un tobillo, poco a poco, y vea como el vaho va subiendo y pegándose a la mampara y al espejo del lavabo. Entonces, justo en el momento en que en el aleatorio de mi móvil Alex Turner me pregunte si soy suya, nos daremos cuenta de quienes somos, cómo, con quién estamos y qué está pasando. Quizás sea el octubre más feliz de nuestras vidas.
Por el momento habrá que quedarse con los pies fríos y dejar la mochila en la cama cinco segundos exactos después de haber entrado en casa. Y leer a Palahniuk con la cabeza apoyada en la almohada justo antes de dormir. No olvidar el mito de la caverna, y ahorrar y tachar los días en el calendario y esperar seis meses para poder pasar seis días y cinco noches en una ciudad de la que solo conoceré la mitad de lo que siempre he querido ver.
Y aun así, no son días grises.
Quedan oficialmente instaurados los viernes con Manostijeras, una manta y una taza grande de café con leche.
A todos vosotros, bienvenidos.


-María, porque entusiasmarse es gratis.