jueves, 25 de diciembre de 2014

Sangramiento.

No puedo evitar reírme al escucharte renegar de mi huella en ti:
como si mis ojos cerrados no fuesen capaces de reconocer las marcas de tu espalda
y mis dedos no hubiesen dejado otras nuevas,
como si tus últimas 78 tardes de domingo
hubiesen consistido en algo más que miradas perdidas al techo
y reflexiones de trescientos sesenta grados;
como si creyeses que con ese comentario aparentemente concluyente
fueses a convencer a alguien (o a ti mismo).

Mi mala acción del día será corresponder a tu falsa hazaña
tirando del hilo que cose las heridas que te hice.
Porque sigo riéndome de ellas, meciéndolas de noche;
reafirmando que fueron la acción de mi vida
y no merecen caer en el olvido.
Sigo pensándolas como mi revancha por el café sorpresa en la Brasileira,
y por la famosa tarde de verano que lejos de ser pesadilla,
pasamos en el parque de atracciones.

Esa será mi respuesta directa,
premeditada, inmadura, funesta,
a los sábados perdidos contigo tirado en mi alfombra,
ojeando los marcapáginas improvisados en la insultante cantidad de libros que dejé a medias,
pero especialmente a aquel fatídico final de otoño
con frenéticos y mal iluminados empujones, lágrimas y talones
que solo acabó cuando aparecieron los créditos.

Ahora ya lo sabes: negar lo evidente no te librará del castigo.

Y el castigo es inevitable.




                                                       

domingo, 16 de noviembre de 2014

En vela.

Solo es una noche como otra cualquiera,
de esas que pasas en vela con la certeza de no tener un brazo alrededor de los hombros;
con la sensación de que nada va a hacia donde debe.
Una madrugada casi tan oscura
como la linea argumental de tus pensamientos en las últimas semanas;
más triste aun que la sensación
de faltar a todo lo que alguna vez has creído,
de estar haciéndolo todo al revés.
La única salida es rezar para que el quinto pío del cuco
no te vuelva a pillar despierta,
y esconderte debajo de las sábanas
de todas esas sombras sobre las que nadie te advirtió cuando debía.
En sus últimas horas resulta ser
la vigilia ideal para confirmar la creencia popular
de que las noches oscuras no riman con personalidades inocentes
y concluir, con los ojos ya entrecerrados,
que quizás mañana sea tu día.
Las vísperas de los desesperados
siempre son extremadamente esperanzadoras.
                                                    -María, descubriendo que escribir en tercera persona no lo hace                                                               menos propio.
                                                   

domingo, 26 de octubre de 2014

Fundido en negro.

Es de color rojo
del que acaban teñidas tus  manos.
Ni el pelo, ni los labios.
Tampoco la camiseta que guardaste
con paciencia e impotencia
para ese día especial
que al final nunca ha llegado.
Es el metal, frío, claro,
puro, extinto
el que profundiza en venas
que ni siquiera tú has descubierto.
Jamás el placer ha sido tan turbio:
lo negro se torna aún más oscuro
y ni una sola de esas flores
que tantas veces has intentado regar
osan no marchitarse.
Son horas
de futuro incierto.

lunes, 20 de octubre de 2014

lunes, 15 de septiembre de 2014

1938.


Corría el 7 de agosto, y la chica seguía entre cartones de vino y mondaduras de patata. Como la guerra, la vida de la joven apuntaba horas de más a su favor.

1938 sumaba un día nuevo.

jueves, 7 de agosto de 2014

En el confesionario.

Es más fácil derribar el muro a cientos de kilómetros de ti,
apartado el miedo de encontrarte al girar la esquina.
De esa manera, el tiempo que no paso esquivándote
lo puedo malgastar rezando a todos los dioses cuyo nombre recuerde.
"Necesito cambiar, por favor.
Quien antes me alentaba ha conseguido madurar:
ahora solo tiene tiempo para repetir clichés y hartarse un poquito más de mi.
Ayúdame, lo suplico. Soy incapaz de avanzar con ellos,
¡estoy estancada!
Dejo mis huellas donde no debo y
siempre acabo consiguiendo lo que quiero;
nunca lo que necesito."
Pero el tiempo pasa, los milagros no llegan,
y este ateísmo no hace si no agravarse.
No salgo de mi ingenuidad,
y tras un psicoanálisis al más puro estilo Warhol,
concluyo que tampoco quiero salir.
Qué cómodo es fallar a todas y cada una de las promesas
que alguna vez me hice.






                                                         -María. En conclusión, que agradable es lo ridículo.

lunes, 26 de mayo de 2014

Mama, who bore me.


No eres Li Shang, ni tampoco Kristoff,
y aunque soñar con personalidades Disney está avocado al fracaso,
no creas que esto va por mejor camino.
Y es que parece que hay una migraña alrededor, tratando de buscar
la manera de darme qué pensar,
cuando la triste realidad es que no hay nada a lo que darle vueltas.
Porque tú eres tú, y yo soy yo
y entre medias no hay nada más que polvo y ganas.
Y aunque como justificación deja mucho que desear
el hecho está en que no voy a sufrir un solo dolor de cabeza en tu favor
porque no hay pena que merezcas
ni lágrimas potenciales
y no vales ni una sola sonrisa por las molestias.
Aun no has llegado a la mitad de la calle.
Está en tus manos: da media vuelta o arriésgate a la zancadilla
cuando llegues a mi altura.
Porque tampoco yo soy Anna, ni Mulán, y mi culo es lo suficientemente grande como para estar pendiente de salvar otro más.
Te estoy advirtiendo, aquí empieza a oler a azufre...

martes, 6 de mayo de 2014

He´s gone.

No sé qué va a ser de mis lunes cuando no vea los tuyos cruzando el pasillo, arrastrando los pies.
Y sí, molesta más de lo que puedes llegar a pensar.
Por si no te has enterado, mis mañanas llevan las últimas tardes preguntándome qué sentido tienen ahora que no vas a estar en ellas. Huelga indefinida de despertares, anuncian las muy cabronas.
Tampoco las ganas saldrán de debajo de las sábanas, por más alto que suene el despertador.
Se han puesto todos de acuerdo, y nada ni nadie, prometen, "podrá hacerles cambiar de opinión".
Gritan y se quejan, sin proponer soluciones a los problemas que genera esta mudanza anunciada.

Escuché anoche a mi sentido común tratando de hacer entrar en razón a lo ridículo de la situación.
"Es una idealización" exponía, "no puedes echarle de menos".
Y tal vez tenga razón.
Y es que contigo nunca es de menos.
Sea lo que sea, y por algún motivo que no quiero, debo, ni puedo explicar.


Y no escribo para nadie.
Si lo hiciese, no podría volver a dar un paso sin que me tratases de loca
(o en el peor de los casos, de rarita).
Pero te agradecería que si no conoces el encanto de creerte tal como quiero que seas,
no juzgues mis miradas al suelo cada vez que nos cruzamos.
Ni hables de lo callada que puedo llegar a ser,
(sí, me has demostrado que soy capaz de cerrar el buzón)
cuando tengo la puntera de tus zapatillas como prolongación de mis talones.

Eres un todo o nada sin fondos, y te has pasado la partida ajeno,
cerrando las puertas por dentro.
No sabes cómo te agradezco que no me hayas dejado saber más de ti,
o que no vayas a recordar mi nombre las tardes de verano.
Cómo me consuela pensar que esto no es recíproco y que tus noches en vela vienen de otras pesadillas.
Las mías perderían mucho encanto de otra manera.



                                                                  "And these are the toughts that you keep inside. 



-María. No tendré claro ni mi nombre, pero me consuela saber que tú tampoco.

domingo, 4 de mayo de 2014

Tambo.

Recítame poesía,
grítame al oido.
Reniega de todo y habla de nada,
entiende de mucho y sé poco.
Calla o escucha,
haz postales de tu vida con o sin mí.
El cielo, con todo,
seguirá siendo igual de gris.

-María, por todo lo que tengo que agradecerle a Galicia.

lunes, 24 de marzo de 2014

Once meses después.

Once meses después del inicio del final has hecho acto de presencia. Tan dramático, espontaneo y ridículamente encantador como siempre. Sobra decir que, cómo no, has aparecido a tu manera. No era tu cara. Ni tu cuerpo. Ni las ganas de comerte el mundo o la forma en que movías las manos cuando decías que las cosas no eran tan negras como querriamos que fuesen. No. Han sido mis ojos, incapaces de mantenerle la mirada, los que me han llevado a pensar que alguien (probablemente yo misma) me estaba jugando una broma pesada.
El brillo al hablar era el mismo. El color en los ojos, parecido. Las pestañas, la forma en que parpadeaba. A ti te quedaría peor ese polo, es cierto. También te puedo asegurar que la perilla de tres días le favorece más a él de lo que a ti te favorecerá jamás. Pero erais el mismo, de verdad.
Puede que no.
Creo que no.
Espera.
Puede que en el fondo no fuese él, ni tú. Era yo, con mis ganas de llorar y la sonrisa torcida en los labios.
Ha sido mirarle y de repente olía a Francia y a café recién hecho. Y yo ya no estaba donde debía, ni siquiera donde debía haber estado.
Todo era el McDonalds de Gran Vía un sábado por la mañana.
Y el libro ese de las tapas verdes, con los auriculares rojos en el bolsillo trasero del vaquero.
Y puede que a ratos también fuese el sur. O el norte. Estuviese donde estuviese, no recuerdo habérmelo pasado tan bien en la vida.
Era otra hora y otro mes, y yo era otra persona.
Luego han venido las riñas.
Creo que alguien me estaba hablando, pero cuando me he querido dar cuenta era a ti a quien escuchaba. Pero qué forma de escucharte, ¡sin perder ni un segunda la compostura! Sin culpa, resignación ni ira contenida. Te escuchaba como se escuchan las historias de los abuelos sobre la guerra: con el interés de quien respeta al pasado y a la persona que lo cuenta.
No queda nada para ti. Solo ganas de retomar las cosas desde un punto muerto. Darlo todo por zanjado, y empezar contigo esa lista de miedos cotidianos que, dicen, se deben superar para ser feliz.
Quizá si te añore. Puede que te eche de menos de la manera en que se extraña a los marineros cuando llevan tres meses en altamar: sabiendo que ellos están haciendo lo que deben y asumiendo que, cuando vuelvan, ya no serán los mismos. Con temor, por qué no decirlo, a que no regresen nunca. Pero ya no eres mi bote, ni mi copiloto. Nunca te buscaría en una tormenta.
Te escribo con el agradecimiento propio por lo aprendido.
Te dedico esto por lo mucho que siempre te he admirado.
Pero con la euforia de quien ha superado un reto en el que lleva mucho (muchísimo) tiempo trabajando.
Gracias por lo que diste, y quién sabe, igual también por lo que darás.
Din, din, din,
din, din, din,
din, din.
El reloj da las ocho. Después de este día eterno, parece que las manecillas por fin vuelven a moverse.



-María, para que entiendas por qué no pestañeaba mientras me mirabas.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Una calada y el café -historia de tus manías-.

Tú en tu lado, ella en el suyo. Dos sillas y una taza de café en el medio. Qué os queda, si no una mesa en la que apoyaros y descansar. Hartos de tanto miraros. Aburridos de la misma cara día sí, día también. ¿Habrá cambiado la tuya? 
Quién sabe. Desde luego tú no tienes ni idea.
¿Sigues viendo el brillo en sus ojos? No, ya no. Y si está, lo eclipsan sus manías. Antes bebías por cada una de ellas, ahora te desquician hasta el punto de querer ahogarla con tus propias manos. ¿Cuándo empezó a morderse las uñas? ¿Siempre ha pestañeado tanto? Y qué decir de su voz, ¿antes era tan chillona?

No enciendas el cigarro delante suya. No, no lo hagas. Sabes lo mucho que le ataca los nervios el verte fumar.
Primera calada, detonante. ¿De verdad no había otra manera más suave, otro modo de acabar con esto? ¿No se te ha ocurrido nada más ruidoso, algo que ocultase, aunque fuese a medias, la certeza de que no podeis aguantaros el uno al otro ni un minuto mas?
Ella se levanta, gira la cabeza para que no la veas temblar de rabia. Es tan consciente de que todo ha acabado como tú. 
En silencio, da media vuelta y camina hacia la puerta con dramatismo. Miras sus piernas con deseo una última vez. 
Cierras los ojos, aspiras. 
Una calada más y el único testigo de vuestra rutina muere, estampado contra el cenicero.


El olor a tabaco espera hasta que te levantas de la silla y después, como tú, desaparece.



Nunca volvisteis a ese bar.




-María. Gracias por el café, y por la foto.

martes, 7 de enero de 2014

You make me laugh, but it´s not funny.

Somos todos los charcos que barre un coche y empapan a quien espera en el paso de cebra un día gris. Somos pequeñas gotas estrelladas contra el cristal de un coche, indiferentes las unas para las otras.
Somos los ojos llorosos del que no es fumador y espera en una sala llena de humo, las toses de un crío que reza antes de dormir. Somos la valla publicitaria en que Ewan Mcgregor escribió aquello de "You make me laugh, but it´s not funny". Somos las manos frías y los guantes en los bolsillos.
Somos Panamá y Nueva Zelanda, Nueva York y Tokio. Un karaoke en un pub irlandés y el sofá del Central Perk. Las sombras que nos siguen y las de aquellos que seguimos. Somos un cristal frío contra el que apoyar la mejilla y ver la gente pasar. Corriendo, gritando, riendo, con las capuchas puestas, paraguas en mano, hacia un soportal.
Somos la tormenta y la calma. Los gritos y arañazos. Las sirenas de los camiones de bomberos y quien anda a las seis de la mañana con los tacones en una mano.

Si somos tanto, ¿a qué viene sentirse tan poco?


-María, gracias a todas las películas que no me dejaron indiferente.