miércoles, 26 de febrero de 2014

Una calada y el café -historia de tus manías-.

Tú en tu lado, ella en el suyo. Dos sillas y una taza de café en el medio. Qué os queda, si no una mesa en la que apoyaros y descansar. Hartos de tanto miraros. Aburridos de la misma cara día sí, día también. ¿Habrá cambiado la tuya? 
Quién sabe. Desde luego tú no tienes ni idea.
¿Sigues viendo el brillo en sus ojos? No, ya no. Y si está, lo eclipsan sus manías. Antes bebías por cada una de ellas, ahora te desquician hasta el punto de querer ahogarla con tus propias manos. ¿Cuándo empezó a morderse las uñas? ¿Siempre ha pestañeado tanto? Y qué decir de su voz, ¿antes era tan chillona?

No enciendas el cigarro delante suya. No, no lo hagas. Sabes lo mucho que le ataca los nervios el verte fumar.
Primera calada, detonante. ¿De verdad no había otra manera más suave, otro modo de acabar con esto? ¿No se te ha ocurrido nada más ruidoso, algo que ocultase, aunque fuese a medias, la certeza de que no podeis aguantaros el uno al otro ni un minuto mas?
Ella se levanta, gira la cabeza para que no la veas temblar de rabia. Es tan consciente de que todo ha acabado como tú. 
En silencio, da media vuelta y camina hacia la puerta con dramatismo. Miras sus piernas con deseo una última vez. 
Cierras los ojos, aspiras. 
Una calada más y el único testigo de vuestra rutina muere, estampado contra el cenicero.


El olor a tabaco espera hasta que te levantas de la silla y después, como tú, desaparece.



Nunca volvisteis a ese bar.




-María. Gracias por el café, y por la foto.