lunes, 24 de marzo de 2014

Once meses después.

Once meses después del inicio del final has hecho acto de presencia. Tan dramático, espontaneo y ridículamente encantador como siempre. Sobra decir que, cómo no, has aparecido a tu manera. No era tu cara. Ni tu cuerpo. Ni las ganas de comerte el mundo o la forma en que movías las manos cuando decías que las cosas no eran tan negras como querriamos que fuesen. No. Han sido mis ojos, incapaces de mantenerle la mirada, los que me han llevado a pensar que alguien (probablemente yo misma) me estaba jugando una broma pesada.
El brillo al hablar era el mismo. El color en los ojos, parecido. Las pestañas, la forma en que parpadeaba. A ti te quedaría peor ese polo, es cierto. También te puedo asegurar que la perilla de tres días le favorece más a él de lo que a ti te favorecerá jamás. Pero erais el mismo, de verdad.
Puede que no.
Creo que no.
Espera.
Puede que en el fondo no fuese él, ni tú. Era yo, con mis ganas de llorar y la sonrisa torcida en los labios.
Ha sido mirarle y de repente olía a Francia y a café recién hecho. Y yo ya no estaba donde debía, ni siquiera donde debía haber estado.
Todo era el McDonalds de Gran Vía un sábado por la mañana.
Y el libro ese de las tapas verdes, con los auriculares rojos en el bolsillo trasero del vaquero.
Y puede que a ratos también fuese el sur. O el norte. Estuviese donde estuviese, no recuerdo habérmelo pasado tan bien en la vida.
Era otra hora y otro mes, y yo era otra persona.
Luego han venido las riñas.
Creo que alguien me estaba hablando, pero cuando me he querido dar cuenta era a ti a quien escuchaba. Pero qué forma de escucharte, ¡sin perder ni un segunda la compostura! Sin culpa, resignación ni ira contenida. Te escuchaba como se escuchan las historias de los abuelos sobre la guerra: con el interés de quien respeta al pasado y a la persona que lo cuenta.
No queda nada para ti. Solo ganas de retomar las cosas desde un punto muerto. Darlo todo por zanjado, y empezar contigo esa lista de miedos cotidianos que, dicen, se deben superar para ser feliz.
Quizá si te añore. Puede que te eche de menos de la manera en que se extraña a los marineros cuando llevan tres meses en altamar: sabiendo que ellos están haciendo lo que deben y asumiendo que, cuando vuelvan, ya no serán los mismos. Con temor, por qué no decirlo, a que no regresen nunca. Pero ya no eres mi bote, ni mi copiloto. Nunca te buscaría en una tormenta.
Te escribo con el agradecimiento propio por lo aprendido.
Te dedico esto por lo mucho que siempre te he admirado.
Pero con la euforia de quien ha superado un reto en el que lleva mucho (muchísimo) tiempo trabajando.
Gracias por lo que diste, y quién sabe, igual también por lo que darás.
Din, din, din,
din, din, din,
din, din.
El reloj da las ocho. Después de este día eterno, parece que las manecillas por fin vuelven a moverse.



-María, para que entiendas por qué no pestañeaba mientras me mirabas.