jueves, 25 de diciembre de 2014

Sangramiento.

No puedo evitar reírme al escucharte renegar de mi huella en ti:
como si mis ojos cerrados no fuesen capaces de reconocer las marcas de tu espalda
y mis dedos no hubiesen dejado otras nuevas,
como si tus últimas 78 tardes de domingo
hubiesen consistido en algo más que miradas perdidas al techo
y reflexiones de trescientos sesenta grados;
como si creyeses que con ese comentario aparentemente concluyente
fueses a convencer a alguien (o a ti mismo).

Mi mala acción del día será corresponder a tu falsa hazaña
tirando del hilo que cose las heridas que te hice.
Porque sigo riéndome de ellas, meciéndolas de noche;
reafirmando que fueron la acción de mi vida
y no merecen caer en el olvido.
Sigo pensándolas como mi revancha por el café sorpresa en la Brasileira,
y por la famosa tarde de verano que lejos de ser pesadilla,
pasamos en el parque de atracciones.

Esa será mi respuesta directa,
premeditada, inmadura, funesta,
a los sábados perdidos contigo tirado en mi alfombra,
ojeando los marcapáginas improvisados en la insultante cantidad de libros que dejé a medias,
pero especialmente a aquel fatídico final de otoño
con frenéticos y mal iluminados empujones, lágrimas y talones
que solo acabó cuando aparecieron los créditos.

Ahora ya lo sabes: negar lo evidente no te librará del castigo.

Y el castigo es inevitable.