viernes, 25 de diciembre de 2015

Ojalá fuese 26.

Los cartones de bingo,
cubiertos de piel muerta;
las sillas vacías mientras la tele grita.

Y la abuela pide 
que pongamos villancicos,
y TVE anuncia su especial
Noche de Paz.
Y nadie lo escucha;
y papá,
que me dice que
lo echaré de menos,
levantando la copa de El Gaitero
y mamá,
que me da la razón
aunque no ha escuchado qué he dicho,
y los niños tirando petardos
en el banco de abajo,
y mi hermano, 
que quiere abrir los regalos
aunque aún no sea medianoche
y sepa de antemano
que no le hemos comprado ese videojuego.


No suenan los que faltan.


(Publicado en la página 92 de La Página Escrita, Abril de 2016)



miércoles, 9 de diciembre de 2015

Limón.

Déjate la laca de uñas
contra la piedra del mechero
y finge no darte por aludida
mientras todos te observan.
Busca una raja en el techo de plástico,
simétrico y hundido
y contempla cómo se difumina entre el humo
de ese cigarrillo de limón.
No me mires así,
que se te estropea el rimel.
Es solo que a veces
también escribo sobre llamadas de atención
que no son las mías.

jueves, 3 de diciembre de 2015

2 de diciembre.

El colchón cedió bajo tus vaqueros, mientras tú le dabas forma a la almohada, con los ojos cerrados y tu mano izquierda sobre la frente. Tu reloj de plástico azul reflejaba la luz del flexo, llenando el gotelé del techo de focos blanquecinos como las sombras que me regaló el sol el verano pasado. Relajé los párpados: el mar de fondo, los ojos cerrados, la arena caliente en un puño.
Volví mi cara a los apuntes de filosofía, apoyando los antebrazos en la pintura gris del escritorio.
No pasamos más de cinco minutos así, solos en mi casa: tú entre mis peluches, yo repitiendo el problema de Dios en Santo Tomás "las cinco vías siguen un mismo patrón",
la lluvia como un metrónomo contra la ventana.
-¿Es que no me vas a preguntar qué tal me ha ido el día?
Dejé la vía de la perfección a medias y levanté las rodillas, moviéndolas hasta que se quedaron mirándote.
-Perdona, ¿qué tal todo hoy?

Me respondiste un no finjas interés antes de girarte en la cama, para quedarte de cara a la pared (y de espaldas a mí), en un gesto que me recordó a tu hermana las primeras veces que comí con tu familia, mirándote con las cejas muy juntas y murmurando que no le hacías ni caso; yo me giré, y con los brazos en un ángulo de 90 grados (manos en las orejas, codos en los márgenes del cuaderno) seguí estudiando.
No pasamos más de cinco minutos así, con la lluvia marcando un ritmo más lento que antes. Escuché las llaves de mi padre entrando en la cerradura y me levanté, recolocándome la camiseta del pijama mientras tú te incorporabas, colocabas la mochila junto a la cama y sonreías, por primera vez desde que habías llegado. Tú también te levantaste, mientras  mi padre empujaba la puerta del piso.
(...)

domingo, 29 de noviembre de 2015

De vuelta.

El infierno ha vuelto a pasar su lengua de fuego por esta custodia de corazón helado protegido por dos (míos, tuyos, de desconocidos y del azar) marcas de succión,
auroras boreales expuestas en el banco del parque.
 
El infierno ha vuelto a hacer de los posesivos algo poético-no manipulador, cliché de tu ausencia cuatro días eternos;
vuelves a hacer eco.
 
"Si es (y es) la primera vez que te desnudas en esa cama,
solo piensa en cuánto le cuesta a tu padre hacerla por las mañanas".
 
 
 

miércoles, 28 de octubre de 2015

Cómplices.

El pus bajaba en caída libre, desde su rodilla derecha hacia la comisura de los labios del chico. Agua blanquecina resbalando por las mejillas, bordeando su barbilla, camuflándose con el mármol de la cocina de sus padres.

La voz del presentador del telediario se difuminaba al llegar a la puerta cerrada. Apoyados contra el cristal del marco, unos labios se estiraron, enseñando un horizonte de dientes amarillos.
Clon, clon, clon.

Clon.

viernes, 23 de octubre de 2015

Tic.

Ella era una espalda contraída y lágrimas en sprint hasta su barbilla; una mezcla de humos ajenos y aspiraciones inexistentes. Poco más que un rosario colgado del cuello y una camiseta deshecha por las mangas, casi tan oscura como las pesadillas que le asediaban a mediodía.

Tic, toc. Tic, toc. Tic, toc. Tic, toc. Tic, toc. Tic, toc.

Ella era los mosquitos suicidas del bar de enfrente, el campanario cada vez que eran uno menos y la sombra de alguien que nunca le perseguía. Era un cartón brillante en los bordes, un estómago que sonaba más alto que su voz: barco encajado entre dos planchas de metal. Empujando.

Los pétalos que caían de ese balcón.
Las nubes que estropeaban la foto de la luna.
Lo que esperaba y esclarecía una rutina avocada al fracaso.
Hablar de pérdida en el infierno.

Era un punto en boca.

jueves, 1 de octubre de 2015

Volver.

A la arena amarilla, reflejándose en el Caribe,
a tumbarnos en la Plaza del Obradoiro después de una hora de canciones,
a sentir las piedrecitas frías de Tayrona, corazón de las energías,
de cara a las lágrimas de San Lorenzo.
A tiritar dentro del saco, con la cremallera azul pillándome el cuello,
al atardecer más bonito del mundo,
al café en Cartagena
y a las cámaras a pilas.
A las oreos robadas,
a los teleSféricos,
a la bahía de Santa Marta,
a no dar de comer a los perros
y a los cables.

De Tunje, o de donde sean.

A las vidrieras de León,
mezclándose con los graffitis de La Candelaria,
a la camiseta pequeña de Messi muriendo entre el café de mis desayunos.
A la pasión,
a lo frenético,
a los Rodríguez y a la famosa bendición del mamo,
a una rutina que no convence a nadie que no haya formado parte de ella.
A mis compañeros,
familia,
apoyo,
recuerdos tangibles y determinantes.

Volver a vosotros (o a mi).

domingo, 27 de septiembre de 2015

Desplomados.

Grita más alto
para que no pueda escucharte al otro lado de este muro de polvo, papel mojado y cenizos.


 

martes, 22 de septiembre de 2015

De ti.


Hoy hace dos meses de ti
En el sofá, con la pierna hinchada y las gafas sucias,
De ti,
Abandonando un proyecto para dos,
De ti,
Que nunca dejaste de serlo.
Respira.



                                       -María. Hoy hace dos meses que me obligaron a dejar de llorar.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Nostalgia.

El gotelé estaba salpicado de motas de polvo en ese momento, la primera noche que pasaba en la habitación después de 30 días.
Se sentó en la cama, y fijó la vista en un póster que ya no tenía sentido mantener. Por la ventana cerrada se escucharon los chillidos de una madre que llamaba a su Marcos para comer.
Observó el resto de la habitación, en silencio. Frunció las cejas al ver las caras sonrientes en las fotos de las puertas del armario, e hizo lo propio con la firma de la tarjeta que presidía el escritorio. Buscó en las estanterías algún diario que pudiese darle alguna pista de quién dormía allí antes que ella, pero la persona que lloró en la alfombra azul de pelo no había dejado rastros.
Imponente, dejó la mochila a un lado, se agachó para apartar el saco de sus pies y fue al baño. Se sentía un autómata, dirigida por comandas que reconocía pero no asimilaba, mientras limpiaba los restos de jabón que había dejado su burbuja al explotarse, y cambiaba su ropa patrocinada por un pijama amarillo. Después, se incorporó y miró el cristal, iluminado por dos pequeños focos.
Por primera vez en 18 años, reconoció a la persona que le observaba.
Por primera vez en 18 años, no apartó los ojos. 


-María. Como García Márquez, yo tampoco voy a releer esto. Pero animo a todo el que quiera mirarse de frente a informarse sobre la Ruta. O sobre cualquier otra cosa. 

miércoles, 15 de julio de 2015

Ventanillas.

Siempre me han gustado los trenes. Cuando estaba en infantil, y vivíamos en la sierra, me pasaba las tardes viéndolos pasar. Papá iba a buscarme a las cinco con un bocadillo de salchichón y un zumo de naranja, que merendaba de camino a la estación. Allí esperábamos el Cercanías de las seis, en el que venía mamá, sentados en el banco de metal del fondo. Veíamos pasar ese gusano blanco, y cómo en la tercera ventana mi madre cambiaba la cara de cansancio por una sonrisa al reconocernos en el andén. Pero las cosas, como decía la abuela, también son sabias; cambian rápido para que puedas echarlas de menos.
Ahora era yo el que me pasaba los días en el tren, con la mejilla pegada al cristal, mientras mi padre nos esperaba en el andén. Mamá también venía conmigo, pero ya no sonreía cuando le veía; solo le recordaba la hora a la que iría a buscarme el día siguiente, y continuaba en el vagón para encontrarse con Jaime, que salía a las ocho de trabajar. Jaime no me gustaba. Siempre iba de traje, incluso los domingos, y nunca se manchaba la camisa de salsa cuando íbamos a comer. Tampoco se acordaba de que no me gustan las burbujas de Coca-Cola, y la mano me olía a gamba y tabaco cada vez que le tocaba. Mamá decía que era un hombre bueno, que le hacía feliz, pero desde que se separó de papá siempre me estaba chillando.
No es que odiase a Jaime porque mis padres se hubiesen divorciado, ni nada eso. Lidia, la orientadora, me sacó de clase muchas veces el año pasado, y le dijo a mamá que me lo estaba tomando muy bien, que era muy maduro para mi edad. No sabía qué quería decir eso de que fuese maduro, y ellas tampoco me lo quisieron explicar. Creo que era una palabra como cosa o bicho, que parecía decir muchas cosas pero no tenía significado. Prefería que hubiesen dicho que era un egoísta; me gusta entender qué dicen los adultos cuando hablan de mí. Pero cuando las personas tienen más años que tú, no te hacen caso. Creo que tienen miedo de que les digas algo y se note que se equivocan. O a lo mejor solo hablan porque les gusta escucharse en voz alta.
Por la ventana, las vacas pasaban tan rápido como un coche de Fórmula 1. Miré el cielo y no me gustó: parecía que alguien había pasado la manga y lo había destrozado. El rosa se mezclaba con el naranja y el azul; la luna no se distinguía entre tantas manchas. Dejé de mirar. Delante de mí, un señor me enseñó los dientes. Estaban amarillos, y miré a mamá por si le echaba la bronca por no lavárselos, pero estaba hablando por teléfono, con la mano puesta en la boca. Mamá siempre hablaba por teléfono cuando estaba conmigo, pero mientras estaba con papá, ella nunca me llamaba. Era como si solo fuese su hijo la parte del día que había dicho el juez.
La señora de la voz chillona anunció por el altavoz la siguiente parada, Cercedilla. Mamá me dijo que me levantase del asiento, y una señora con olor a verduras pasó corriendo, me empujó y se sentó delante del viejo. Me pregunté dónde se bajarían, y qué habían pensado sobre mí. A lo mejor no habían opinado nada; o puede que en ese momento estuviesen intentando averiguar qué creía el otro de ellos. No me dio tiempo a descubrirlo, porque el tren se paró, y las puertas se abrieron. Delante de nosotros apareció papá, con la chaqueta del traje en una mano y un bocadillo de salchichón en la otra. Tenía dos manchas naranjas en medio de la camisa. Sonrió cuando nos vio, y se acercó al vagón.
-Mañana necesito que el crío esté aquí a las siete, o llegaré tarde a trabajar.
-Vale, tranquila. Estaremos aquí antes, ¿verdad, campeón? No te preocupes. ¿Qué tal te ha ido el día?
-Bien, bien. Me meto ya para dentro, que han dejado un asiento libre. Hasta mañana.
Papá y yo nos quedamos quietos, viendo cómo mamá se escurría entre dos señores que discutían sobre el Real Madrid, y después dimos la vuelta y echamos a andar. Yo desenvolví el bocadillo de salchichón, mientras el Cercanías huía de la estación.




El papel de plata rodó por el suelo.

                                                                -María. Una vez te fuiste, y ya no dejé de echarte de menos.

martes, 5 de mayo de 2015

Gotelé.

Hoy he vuelto a la que fue mi habitación en casa de mis padres. El polvo cubría el gotelé blanco de las paredes, y las estanterías cedían ante el peso de libros que no recordaba haber leído. Un póster colgaba boca abajo, dejando al descubierto un agujero del tamaño de un BB, junto a la ventana. Crucé la habitación intentando no rozar las postales que aun sobrevivían a los lados y la abrí, dejando que mis huellas se mezclasen con las que ya estaban en los cristales.


                                                                                                               -María. Y eso fue todo.

martes, 21 de abril de 2015

En las últimas (autocompasión).

Base de maquillaje, polvos matificadores, el khol negro de Bourjois y el rímel, el antiojeras, el corrector a la altura de la nariz. Mi rutina matinal comienza por mirarme en el espejo y apartar la vista, renegando por lo poco que me parezco a Emma Stone y riéndome, brocha en mano, de todos los orientadores que a lo largo de los años me han soltado eso de “para querer a alguien hay que quererse a sí mismo primero”. Como si la putada estuviese en no quererte, y no en enamorarte de alguien que no se quiere ni en pintura.

 El espejo me devuelve la imagen de un rostro que sigue sin ser bonito, pero puede pasar medianamente desapercibido. En la cocina me contengo ante las magdalenas de Pepe y me sirvo un tazón de cereales integrales. Un publicista amargado me recuerda en la caja de cartón que el verano está cerca, que debería tener algo que lucir, y no cartucheras y 5 kilos de más. La voz de Sonia se me viene a la cabeza entonces, recordándome que un cuerpo delgado es un cuerpo bonito: “el cuerpo es capaz de funcionar solo con 800 kcal. El truco está en hacer ejercicio y quemar 1000 diarias, ¡está tirado!” Estoy plenamente convencida de que esas asociaciones de su cabeza van a crearle más de un problema de salud, esa de la que tanto presume, pero el sabor a cartón de los cereales me distrae de cualquier otra idea.

Como un reloj al que acaban de dar cuerda, me levanto, friego la taza y sonrío a mis padres. Él me recuerda que ese día tengo charla de una universidad, mientras ella me prepara un sándwich de pavo y pan integral. Casi puedo escuchar los engranajes de sus cabezas moverse, intentando procesar lo bien que les salió el experimento del primer feto. Sí, puede que su hija no sea la más guapa de sus amigas, ni la más delgada, pero sienta bien fardar de que es la primera de la clase, de “la curiosidad que siente por todo”. Como si fuese un perro, con la cara en el culo a los demás para averiguar a qué huelen. Se me ocurre que cuando por fin vaya a la universidad implosionarán de felicidad. Se sentarán con sus amigos, a los que llaman así porque después de media vida viéndoles una vez al año es triste llamarlos desconocidos, y comentarán: “tenéis que entender que lo que quieren vuestros hijos no tiene porqué ser lo que queréis vosotros”.  A veces me pregunto si habré confundido lo que quiero estudiar con lo que debo, pero dejo de ahondar en el tema a la primera de cambio; no me gusta preguntar cuando la respuesta va a incomodarme.

Hay más, pero ya lo hablamos luego.