martes, 21 de abril de 2015

En las últimas (autocompasión).

Base de maquillaje, polvos matificadores, el khol negro de Bourjois y el rímel, el antiojeras, el corrector a la altura de la nariz. Mi rutina matinal comienza por mirarme en el espejo y apartar la vista, renegando por lo poco que me parezco a Emma Stone y riéndome, brocha en mano, de todos los orientadores que a lo largo de los años me han soltado eso de “para querer a alguien hay que quererse a sí mismo primero”. Como si la putada estuviese en no quererte, y no en enamorarte de alguien que no se quiere ni en pintura.

 El espejo me devuelve la imagen de un rostro que sigue sin ser bonito, pero puede pasar medianamente desapercibido. En la cocina me contengo ante las magdalenas de Pepe y me sirvo un tazón de cereales integrales. Un publicista amargado me recuerda en la caja de cartón que el verano está cerca, que debería tener algo que lucir, y no cartucheras y 5 kilos de más. La voz de Sonia se me viene a la cabeza entonces, recordándome que un cuerpo delgado es un cuerpo bonito: “el cuerpo es capaz de funcionar solo con 800 kcal. El truco está en hacer ejercicio y quemar 1000 diarias, ¡está tirado!” Estoy plenamente convencida de que esas asociaciones de su cabeza van a crearle más de un problema de salud, esa de la que tanto presume, pero el sabor a cartón de los cereales me distrae de cualquier otra idea.

Como un reloj al que acaban de dar cuerda, me levanto, friego la taza y sonrío a mis padres. Él me recuerda que ese día tengo charla de una universidad, mientras ella me prepara un sándwich de pavo y pan integral. Casi puedo escuchar los engranajes de sus cabezas moverse, intentando procesar lo bien que les salió el experimento del primer feto. Sí, puede que su hija no sea la más guapa de sus amigas, ni la más delgada, pero sienta bien fardar de que es la primera de la clase, de “la curiosidad que siente por todo”. Como si fuese un perro, con la cara en el culo a los demás para averiguar a qué huelen. Se me ocurre que cuando por fin vaya a la universidad implosionarán de felicidad. Se sentarán con sus amigos, a los que llaman así porque después de media vida viéndoles una vez al año es triste llamarlos desconocidos, y comentarán: “tenéis que entender que lo que quieren vuestros hijos no tiene porqué ser lo que queréis vosotros”.  A veces me pregunto si habré confundido lo que quiero estudiar con lo que debo, pero dejo de ahondar en el tema a la primera de cambio; no me gusta preguntar cuando la respuesta va a incomodarme.

Hay más, pero ya lo hablamos luego.