miércoles, 15 de julio de 2015

Ventanillas.

Siempre me han gustado los trenes. Cuando estaba en infantil, y vivíamos en la sierra, me pasaba las tardes viéndolos pasar. Papá iba a buscarme a las cinco con un bocadillo de salchichón y un zumo de naranja, que merendaba de camino a la estación. Allí esperábamos el Cercanías de las seis, en el que venía mamá, sentados en el banco de metal del fondo. Veíamos pasar ese gusano blanco, y cómo en la tercera ventana mi madre cambiaba la cara de cansancio por una sonrisa al reconocernos en el andén. Pero las cosas, como decía la abuela, también son sabias; cambian rápido para que puedas echarlas de menos.
Ahora era yo el que me pasaba los días en el tren, con la mejilla pegada al cristal, mientras mi padre nos esperaba en el andén. Mamá también venía conmigo, pero ya no sonreía cuando le veía; solo le recordaba la hora a la que iría a buscarme el día siguiente, y continuaba en el vagón para encontrarse con Jaime, que salía a las ocho de trabajar. Jaime no me gustaba. Siempre iba de traje, incluso los domingos, y nunca se manchaba la camisa de salsa cuando íbamos a comer. Tampoco se acordaba de que no me gustan las burbujas de Coca-Cola, y la mano me olía a gamba y tabaco cada vez que le tocaba. Mamá decía que era un hombre bueno, que le hacía feliz, pero desde que se separó de papá siempre me estaba chillando.
No es que odiase a Jaime porque mis padres se hubiesen divorciado, ni nada eso. Lidia, la orientadora, me sacó de clase muchas veces el año pasado, y le dijo a mamá que me lo estaba tomando muy bien, que era muy maduro para mi edad. No sabía qué quería decir eso de que fuese maduro, y ellas tampoco me lo quisieron explicar. Creo que era una palabra como cosa o bicho, que parecía decir muchas cosas pero no tenía significado. Prefería que hubiesen dicho que era un egoísta; me gusta entender qué dicen los adultos cuando hablan de mí. Pero cuando las personas tienen más años que tú, no te hacen caso. Creo que tienen miedo de que les digas algo y se note que se equivocan. O a lo mejor solo hablan porque les gusta escucharse en voz alta.
Por la ventana, las vacas pasaban tan rápido como un coche de Fórmula 1. Miré el cielo y no me gustó: parecía que alguien había pasado la manga y lo había destrozado. El rosa se mezclaba con el naranja y el azul; la luna no se distinguía entre tantas manchas. Dejé de mirar. Delante de mí, un señor me enseñó los dientes. Estaban amarillos, y miré a mamá por si le echaba la bronca por no lavárselos, pero estaba hablando por teléfono, con la mano puesta en la boca. Mamá siempre hablaba por teléfono cuando estaba conmigo, pero mientras estaba con papá, ella nunca me llamaba. Era como si solo fuese su hijo la parte del día que había dicho el juez.
La señora de la voz chillona anunció por el altavoz la siguiente parada, Cercedilla. Mamá me dijo que me levantase del asiento, y una señora con olor a verduras pasó corriendo, me empujó y se sentó delante del viejo. Me pregunté dónde se bajarían, y qué habían pensado sobre mí. A lo mejor no habían opinado nada; o puede que en ese momento estuviesen intentando averiguar qué creía el otro de ellos. No me dio tiempo a descubrirlo, porque el tren se paró, y las puertas se abrieron. Delante de nosotros apareció papá, con la chaqueta del traje en una mano y un bocadillo de salchichón en la otra. Tenía dos manchas naranjas en medio de la camisa. Sonrió cuando nos vio, y se acercó al vagón.
-Mañana necesito que el crío esté aquí a las siete, o llegaré tarde a trabajar.
-Vale, tranquila. Estaremos aquí antes, ¿verdad, campeón? No te preocupes. ¿Qué tal te ha ido el día?
-Bien, bien. Me meto ya para dentro, que han dejado un asiento libre. Hasta mañana.
Papá y yo nos quedamos quietos, viendo cómo mamá se escurría entre dos señores que discutían sobre el Real Madrid, y después dimos la vuelta y echamos a andar. Yo desenvolví el bocadillo de salchichón, mientras el Cercanías huía de la estación.




El papel de plata rodó por el suelo.

                                                                -María. Una vez te fuiste, y ya no dejé de echarte de menos.