martes, 28 de junio de 2016

13 de noviembre a diecitantos de febrero.

Hubo una temporada en que soñaba con tener cáncer, para replantearse su vida.
Otros días, ella anunciaba su propia muerte, con una bata blanca, y disfrutaba con el martirismo de su familia, "tan lista, tan guapa, tan prometedora".

Todos los días quería estar lejos de su comodidad y los rasguños de los exámenes la fluidez sexual y la familia los amigos
y la presión de cosas que no estaban en su mano
la capacidad para asumir los cambios en un círculo de confort y clase acomodada
donde podía desarrollar y deconstruir la mitad de lo que sabía.

También hubo un Sábado Noche con la que llamaba "su mejor amiga" solamente para excluir al resto de su círculo, entre la tetería de Huertas y su casa. Los pelos de los brazos rozaban su abrigo nuevo, y nadie tenía pareja en San Valentín; el resto de sus amigos la buscaban en una discoteca que no ponía la BSO de Mulán.

-Oye, ¿no crees que si empezáis a salir todo-lo-demás va a llegar muy rápido?

-Sí. Eso si es que pasa algo, que no lo tengo tan claro. Con todo lo que hemos pasado ya, cómo nos tratamos... No digo que tenga que lanzarse él, ¿sabes? También puedo hacerlo yo. No sé. Solo veo que hemos tenido oportunidades, un montón…y no ha pasado nada. 


-Ya, bueno. Estamos un poco estancadas, pero creo que te va a ir bien. Si no lo hace es porque no quiere que salgas corriendo. Pero de verdad, para las vacaciones estaréis juntos.


Y luego vino la charla arrastrando las eses en el bus nocturno sobre la connotación de pureza y virginidad femenina y la diferencia entre eso y follar por primera vez y que esa conversación ya la habían tenido sus amigas dos años antes mientras ellas se quedaban quietas esperando a que pasase el tiempo y que ya no quedaba tiempo,
joder,
y que le dejase dormir que ya llegaría tres meses después su cumpleaños y le escribiría una felicitación que le haría llorar y excluir al resto de sus intimísimas con las que no lloraba pero qué le vamos a hacer habían cambiado juntas y era bonito echarse de menos y animarse aunque no se conociesen todavía, aún, nunca.

lunes, 13 de junio de 2016

Intro.

No recordaba un momento en que no hubiese odiado mi nombre: demasiado común, virginal y condicionante. Como todo en mi casa, demasiado bíblico. (...)

Empecé a ser consciente de que me moría el año antes de hacer la comunión. Un día, durante la clase de religión, una chica entró en nuestra clase para repartir unas autorizaciones. Llevaba la falda de cuadros por encima de medio muslo y siempre estaba con la hermana mayor de Luis: debía estar ya en la ESO.

- Isabel, ya que estás aquí, ¿les cuentas a estos chicos por qué hiciste la comunión? ¿Por los regalos y el vestido?
- No, a mí lo que más me gustó fue tener a toda mi familia reunida.

 Mi profesora de religión, de la que no recuerdo más que un cardado castaño, los gritos que me regalaba a la hora de la comida y un nombre de verdura, arrugó la nariz, y después de fruncir los labios recordó que la unión con Dios era lo más importante.

La chica se rió, antes de cerrar la puerta. (...)

Yo no supe qué pensar. Llevaba un año yendo todos los domingos a misa, preparando mi catequesis; pero lo habría dejado encantada si mis padres me hubiesen regalado el viaje a Disneyland París en el que pensaban gastar el dinero que me diese mi familia. Pensándolo ahora, puede que por eso recuerde la justificación de Isabel: me sonó mucho más dulce, más responsable. Intenté convencerme, durante toda la tarde, de que quería hacer la comunión por juntar a toda mi familia: a mis tíos del norte, a mi primo, que se había ido a vivir con su novia y ya no venía a celebrar los cumpleaños, a toda la familia de mis abuelos, que vivía en el pueblo… no sirvió de nada. Tampoco fue completamente inútil: esa sería la excusa que le daría a mi hermano pequeño para justificar haber hecho la comunión, rodeándome de lo que yo creí muchísimo tiempo un halo de bondad, y que solo era egocentrismo.

No dejé de darle vueltas (...); un par de días después empezó la angustia. Ya no creía en Dios (lo siento, abuela), y una mañana, aún en la cama, empecé a llorar. Más que cuando se murieron mis abuelos, porque esta vez era YO la que, algún día, dejaría de vivir. (...) Taquicardias, ahogo, aspavientos con las manos... los ejercicios matutinos se extendieron todo el curso, hasta convertirse en rutina. Empecé a plantearme decenas de hipotéticos: con mis padres, mis tíos o mi abuela, solo para relajarme. Fui una mosca, con las alas pegadas a la mierda, antes de darme cuenta. Situaciones en las que mi familia se interponía entre mi cuerpo y alguna bala, o en las que el mejor consejo para no temer la muerte dejaba de ser "no lo pienses más, cuando te mueras no te vas a enterar". (...)

Mi nombre siguió siendo demasiado bíblico mucho tiempo después de hacer la comunión.