jueves, 15 de septiembre de 2016

60 y tantos días después de Otoño Asesino.

“No es culpa tuya
ni mía
ni de nadie
ni antes éramos tan fantásticos ni ahora somos tan miserables
somos polvo”
Otoño Aseino, El Ángel



Sesenta y tantos días después de Otoño Asesino
decido escribir como El Ángel: como si tocase la guitarra,
como Reina de todo lo que hincha mis estrías.
Yo también sé escribir como los chungos,
aunque mi experiencia con las drogas
no pase de algún porro mal fumao y ver a una tía meterse
una raya en el Café la Palma,
aunque me identifique con la Ana Curra de 50 años
y no la de Parálisis Permanente,
aunque no haya leído más poetas malditos
y me venzan siempre tres chorradas,
aunque asuma y llore la mediocridad de lo constante.

Quería escribir como El Ángel por la tontada de las baldosas.
Mira que mis mejores momentos también se han saldado
en mármol frío y blanco (no siempre desinfectado)
con parejas que no saludan si nos vemos en un estanco.
No tengo buena relación con mis ex, del tipo que sean.
Querría escribirles una postal, decirles que no complementaré
hasta estar completa.
Son excusas horribles y no quiero perdonarme:
yo tampoco me caería muy bien en una barra cualquiera.

Si quiero rimar mi biografía de mierda
tengo que encontrar el ritmo a beca, buena y familia;
ni he visto tantos Woodstock como para hablar de Jimi
ni lloro con las pelis de Elvis.
Si eso con los Beatles, machistas frenéticos pegadizos
(el odio a Yoko fue la primera forma de misoginia en mi familia)
Es culpa de mi padre, matrimonio perfecto.
Ojalá algún día sea tan buena compañera de piso:
un poco menos paternalista,
un poco menos retrógrada, un poco menos cortante.
Un poco más parecida, si puedo.

El hombre compite con La Madre. Siempre seré su niña,
con posesivos y en femenino;
limbo antes de las campanadas que no coman las uvas conmigo.
Pienso mucho en eso, la muerte. Sobre todo (la mía)
me hincha las narices el vitalismo.
Como a todos.
Supongo que por eso me faltan versos sobre baldosas.

Dejo el final a los amigos,
los ciento cincuenta que me formaron,
quien anduvo conmigo, reventó las ampollas
y limpió el pus. (Qué tóxico, joder)
Algunos alcanzaron el séptimo cielo,
Otros rozaron el primero,
saludaron desde fuera
y se marcharon a fumar. No pasa nada,
nunca os echo de menos, pero coged sitio para veros
los Dos minutos previos a mi exhalación.

Un día quise escribir como El Ángel,
pero mamá me había dedicado treinta y siete posts en Facebook
y salía en muchos perfiles de WhatsApp
y ya no tenía sitios donde esconderme
y me iba a casa a las tres de la mañana
y en mi funeral no estaría José Ángel Mañas.
Un día quise escribir como El Ángel,
pero no soy El Ángel.
No hay moral, estoy sola, llego pronto a casa los sábados.
Viajaré mucho, hasta que la cartera o la culpabilidad me fallen
y tengo un nombre demasiado virginal,
aunque no sea El Ángel.


Y no pasa nada.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Buen viaje (a los dos).

Joder con la nena, el bareto cerraría si no lo pisases,
¿puedes morderte el labio cuando pidas los chupitos?
Si quieres llorar, lo siento:
las verdades me gustan como puños,
y la misantropía más que las personas
(aunque tú vayas a enamorarte de mi padre
al final nos encogeremos,
como ellos)

Y mis hijos me mentirán
cuando cumplan dieciséis
y mearán entre dos coches, mareados,
y llorarán
en el hombro de algún amigo, de esos que se olvidan
(nosotros nos haremos los locos
y decidiremos qué hacer con su tiempo)
y despertarán sin resaca ni conciencia
y nuestra nobleza de corazón vivirá entre grises,
según me interesen las gamas.

Te repites como las burbujas del cubata del viernes
y ya no me atrevo a decir
que te pareces
al atleta del Club de los Cinco
y lo mucho que odio
que la inadaptada se vista de blanco
para poder chuparle la campanilla
(voy a regalarte una beisbolera azul
para que tú también puedas recordarme
que el cambio al que me han obligado es "para bien").

Joder, nena.
cada día estamos mayores
para llamarnos con motes que acaben en uchi,
cierra la puerta del baño
y no hagas ruido;
empieza otro año
y ya no aguanto
tu empapelado en blanco y negro.


A quien le interese,
el faro lo vimos de verdad;
les cambié por asfalto caliente
y mi río verde.





jueves, 1 de septiembre de 2016

Micromachismo.

Yago había presentado a mis padres, y faenaba en Altamar. Una de sus vueltas subimos a verle; a mi padre le regaló el EP de A Hard Day´s Night y su secreto contra el insomnio: la respiración de Marina, su mujer.

-Se me cierran los ojos viendo subir y bajar su ombligo, como olas contra un islote... ¡ya lo tiene para fuera! Mira, mira, ven a tocarle el botón.

La metáfora era fácil y yo aún era chica pero, sentada en el sofá, con la primera espinilla asomando en la barbilla, quise ser musa. Me recordé mirarme el ombligo esa noche, y todas, antes de acostarme.